“Sneakerheads”: Los fanáticos de las zapatillas

“Sneakerheads”: Los fanáticos de las zapatillas

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En inglés, sneaker significa “zapatilla”. Por lo tanto, podría decirse que el sneakerhead es un “cabeza de zapatilla”. O alguien que en su cabeza sólo tiene lugar para este calzado tan cómodo al que en Uruguay se le dice “champión” y en España, “tenis”, más allá de que se pueda usar para practicar cualquier deporte. Una extravagancia de los ibéricos.

pablo-laura-juan-maxi-failla_claima20161119_0131_28Por estos días, tal como sucede en Nueva York, Londres, Berlín o Madrid, en Buenos Aires y alrededores cada vez son más los que consideran a la zapatilla un objeto fetiche, de culto, una pieza de colección que no sólo sirve para caminar con los pies cubiertos y amortiguados sino que también, como explican los especialistas, define “un perfil”.

Con fervor compulsivo, algunos de estos zapatillistas llegan a tener en sus roperos -o en sus cajas originales- unos 400 pares, como si estuvieran en condiciones de usar uno distinto cada día del año.

De distintas marcas, los compran o los intercambian. Están al tanto de las tecnologías que se aplican en la confección de los nuevos modelos. Los usan para acompañar vestimentas informales o ropa de gala. Los “intervienen” como si fueran obras de arte. Y los limpian con productos especiales. Son, de alguna manera, tribus con profunda aversión al mocasín o a cualquiera de los diseños que podrían formar parte de la gran familia del zapato. Son los antitimbos.

Ale Pluz tiene 30 años y trabaja en una agencia de marketing. “Siempre sentí una atracción especial por las zapatillas. Cuando era chico, mis amigos se compraban camisetas de fútbol y yo sólo quería zapatillas, las de básquet o las que veía en películas como Volver al futuro o Forrest Gump”, cuenta. Y agrega: “En total, de distintas marcas, tengo unos 40 pares. Y tendría más si no fuera un pie grande: calzo ¡48!”.

Según explican los antropólogos de la suela de goma, la afición en grande por las zapatillas surgió a partir de 1984. Y hubo alguien vital en la expansión de este fenómeno: Michael Jordan. La marca de la pipa le diseñó un modelo exclusivo, las Air Jordan, y el as de Chicago Bulls empezó a volar y volar, como si en lugar de piernas tuviera alas. Una máquina de encestar, en su primera temporada en el equipo del Torito anotó casi 30 puntos por partido y no fueron pocos los que creyeron que esa eficacia se debía en parte a sus botitas. Poco tiempo después, en 1986, hubo otro momento relevante en la historia de este calzado. El grupo de hip hop Run DMC lanzó su hit Mis Adidas, una referencia directa a la marca de las tres tiras y cuya letra, entre otras cuestiones, decía: “Me gusta pisotear proxenetas con anillos de diamantes”. Así, rapeando, los neoyorquinos lograron instalar la idea de que las zapatillas son necesarias para llevar a cabo actividades deportivas pero también pueden formar parte de la “cultura urbana”. Luego, en 2014, el diseñador Karl Lagerfeld fue más lejos: incluyó zapatillas en un desfile de Chanel durante la semana de alta costura en París.

De 31 años, Pablo Carte es el fundador de Sneakerhead Argentina, la agrupación que reúne a los fanáticos de las zapatillas. “A los argentinos nos gustan mucho las zapatillas”, señala. Y él es un muy buen ejemplo de esta tendencia: tiene 170 pares. Si bien hace tres años pagó 3.500 pesos por un par de Nike, unas Air Yeezy2, también administra con cuidado distintos modelos de Adidas, Asics o New Balance, entre otras. Carte pronostica que no falta mucho para que los argentinos empiecen a “acampar” con la idea de adquirir un nuevo modelo: “Cuando la demanda es mucho mayor que la oferta, surge la reventa. En Estados Unidos, hay modelos que se llegan a pagar unos 3.000 dólares”.

Las mujeres también forman parte de esta ola. Laura Amigorena, de 29 años, estudia arquitectura, trabaja en una inmobiliaria y tiene 110 pares de zapatillas. “Mi modelo preferido son las Air Max”, dice (y las lleva puestas). “Soy de Madariaga. Y cuando me vine a vivir a Buenos Aires, hace nueve años, pude conseguir muchos de los modelos que no llegaban a mi ciudad”.

-¿Hay algún momento de tu vida en que no uses zapatillas?

-Y… Si voy a un casamiento, no me pongo zapatillas. Pero no porque no quiera: porque no me dejan.

Con 25 años de experiencia como diseñador de zapatillas, Paulo Ibarra trabajó para Nike en los Estados Unidos, rechazó una propuesta de Adidas para volver a instalarse en el extranjero y ahora es free lance de John Foos. “Las zapatillas son lindas y también se compran por una cuestión aspiracional, de status”, opina. “¿Cuáles fueron las que más me gustaron? Las Reebok Instapump Fury. Las tuve en el año 95. Venían sin cordones. Y cuando te las calzabas parecía que se inflaban. En aquel momento vivía en Mar del Plata. Me las ponía para correr por la rambla y, con tanta tecnología en los pies, sentía que había bajado de un plato volador”.

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Encuentro cercanos

La tengo, no la tengo

En septiembre de este año, Sneakerhead Argentina organizó durante cuatro días el primer Sneakerhead Fest, un encuentro de fanáticos de las zapatillas. Las entradas se agotaron. En los stands hubo tiendas, emprendedores y coleccionistas. Entre otros, se destacaron Jim, con su colección de Air Jordan, y As de Trébol, con sus incunables de New Balance, Asics, Diadora y Le Coq. También hubo zapatillas traídas desde Chile y Miami. Si bien todavía no hay fecha confirmada, en julio del año que viene se hará el segundo evento de estas características. Y el 7 de diciembre de este año, en Palermo, habrá una fiesta “tipo boliche” en la que los coleccionistas se podrán reunir otra vez para “intercambiar sus inquietudes” acerca de este calzado.

Fuente: Clarin.com

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